15 junio, 2010

Suspendo...

Debido al duro momento que estoy pasando por la muerte de mi papá, dejaré de escribir en este blog por tiempo indefinido. Ahora necesito tiempo para leerme a mí misma más que para escribir públicamente sobre lo que vivo, pienso o siento.

Volveré cuando vuelvan las ganas, cuando regrese la inspiración, cuando quiera dedicarle tiempo otra vez a esto, que de momento dejará de ser una prioridad porque mi mundo interno está ahora en primer lugar. A veces es no solo necesario, sino útil, cerrar los ojos, acallar el teclado y mirar para adentro. Y en eso me voy a concentrar ahora. Es un tiempo de reflexión, de enriquecimiento, de nostalgia y de aprender a vivir con esta nueva circunstancia en mi camino. No es el fin del mundo y no cierro por depresión, pero he perdido a mi papi, y esa horrible certeza de saber que no volveré a verlo me estruja el corazón tanto como para saber que ahora no es el momento de escribir, al menos, en este mundo virtual que tanto me gusta.

Volveré, con más ganas, con más fuerza, pero sobre todo, más serena.

Un enorme abrazo a todas y todos los que me han seguido a lo largo de este tiempo, espero que estén ahí cuando vuelva mechudaydesnuda, como siempre, para hablar de esta experiencia tan viva con la muerte.

02 junio, 2010

Despedida

Papi: Hace solo seis meses te decía en una carta que cada cumpleaños tuyo era un milagro. Y curiosamente fue el último de tantos. Te me has muerto a tus 57, y yo con mis 30 recién estrenados. Este dolor es tan horrible que no puedo ni escribir, así que voy a pegar el post del 20 de noviembre del 2009, mi homenaje a vos, el mejor papá del mundo y el mejor ser humano que he conocido. Prometo escribirte una despedida más bonita en unos días, cuando tu partida duela igual que hoy pero aún así pueda sonreír un poco más con esa sonrisa que heredé de vos. Te amo con todo mi ser.

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Feliz Cumpleaños papi, 20 de noviembre de 2009



¿Te he dicho, papi, que en la oficina me paso comiendo chocolates, confites y todos los dulces disponibles? Hay una cajita de galletas danesas donde hacemos el refill para tener dosis de azúcar siempre disponible. Definitivamente estoy caracterizada como una golosa adicta a la cajita, y siempre pienso que lo que se hereda no se hurta. Muchas veces me acuerdo de cuando llegabas a la casa, con las bolsas de la gabacha llenas de confites y caramelos... o solo con los envoltorios. Te los comías todos mientras trabajabas, como hago yo ahora.

Me acuerdo de muchas cosas de las que hacías y decías, de las que compartimos antes de. De la enfermedad. De lo que nos hizo a todos. Y antes, obvio, de que yo me viviera a vivir al otro lado del charco. Me acuerdo, por ejemplo, de cuando te pregunté que era el sexo oral, y en lugar de escandalizarte, me explicaste dulcemente cómo las personas cuando se querían mucho, como papi y mami, se daban besitos en la boca y también en ese sitio entre las piernas. A mí me quedó clarísimo, pero vos creíste necesario agregar que yo no tenía que dejar que nadie me tocara ni besara, mucho menos ahí, hasta que fuera grande y estuviera con alguien que me quisiera mucho. Luego me dí cuenta de cuan útil era esa posdata.

También me acuerdo del día en que me soltaste en la bicicleta, una amarilla que era de Tita y que tenía un ring-ring buenísimo. Durante los dos días que duraron las clases de cómo andar en bici (¡y sin rodines!), agarrabas el asiento por detrás para que yo mantuviera el equilibrio, hasta que en un momento, yendo cuesta abajo a toda velocidad, me volví para decirte que íbamos muy rápido... pero vos estabas de pie, lejos, en la esquina. Yo iba sola. Y pude dar la vuelta sin caerme y subir pedaleando hasta donde estabas. Tiempo después, repetimos la escena pero con un carro. También recuerdo el día en que me regalaste mi primera cámara (jaja, no sabías que estabas creando un monstruo), era blanca y chiquitita, y de cómo yo prefería usar la tuya, aunque pesaba más que yo.

Me gusta pensar en las miles de palabras que has inventado para llamarnos siempre. Tu forma más común de llamarme sigue siendo Nima (diminutivo de Nimania, como decía mi hermana cuando no podía pronunciar bien mi nombre). Eso evolucionó a otras como "Nimamanena" (Nima más linda) o Nimiminini (diminutivo de Nimamanena). De bebé era "catano tea" (gusano de seda) y aún de grande a veces soy "cataín de teín". Pero esos apodos cariñosos son solo una pequeña parte de todos tus dichos y palabras que siempre han reflejado tu alegría, tu permanente buen humor, tu optimismo perpetuo, tus ganas de vivir. Las mismas que cuando dijeron que no llegabas a los 50, hicieron que no tuvieras "ni tiempo ni ganas de morirte".

Y por eso hoy hace siete años celebramos tus 50 con aquel fiestón genial, en el que la opinión de todo el mundo fue "este cumpleaños es un milagro". Vos eras entonces, igual que ahora, un milagro. También lo fuiste cuando llegaste a mi graduación del colegio con la cabeza rapada y una cicatriz que hacía que pareciera una bola de fútbol. Pero ahí estabas, mientras yo daba mi discurso, recién salido de muchas de horas de quirófano (como paciente...).

Y aquí (¿o ahí?) estás hoy, todos estos años después, con tus 57 añitos encima. Y con todas sus cicatrices, las últimas dolorosas aún, pero tan feliz y luchador como siempre. Tan lleno de energía, de vida, de sonrisas sinceras, de palabras amables. Nunca te he escuchado una queja, pero no porque seas el típico hombre que se hace el duro, sino porque sos un ser sensible, convencido de que todolo que has vivido tenía un sentido. Sos mi ejemplo papi, tanto el que eras antes del tumor como el que sos después. Sos mi mayor ejemplo de vida. Ahora sos tan diferente pero al mismo tiempo tan idéntico al que eras. Las mismas características que amaba de vos antes son las que sigo amando ahora, aunque la vida fuera cruel y te quitara todo lo que te quitó. Y a mí con vos. Gracias por darme fuerza y serenidad cuando se supone que debería habértela dado yo a vos, por alegrarme cada vez que hablamos por teléfono, por todos los consejos, las golosinas, las oportunidades. Gracias por haber creído en mí y como mami, por perdonarme no estar ahí para celebrar a tu lado este día.

Te juro pa que daría lo que fuera porque ese tumor no te hubiera atacado nunca, porque pudieras seguir operando a la gente, salvando vidas, contando historias... porque vinieras aquí y pudieras conducir mi carro que tanto te gusta. Yo no entiendo el sentido de todo lo que ha pasado papi, no entiendo por qué tus manos no pueden seguir trabajando, por qué has tenido que sufrir tanto. Pero tu sonrisa me hace sentir que quizá, y solo quizá, algún día comprenda. De todos modos, haría lo que fuera por cambiarlo todo pa, por no tener esta opresión en el pecho cada 20 de noviembre al sentir que tu nuevo cumple es un milagro. Por no saber si llegará el siguiente, y por no estar ahí para abrazarte (o que me abracés, que es más urgente).

Pero quiero decirte que aquí, a muchos miles de kilómetros, te amo con todo mi ser, me siento muy orgullosa de ser tu hija y de tener a un papá increíble. Te echo tanto de menos, de tantas formas y en tantos momentos (hoy muchísimo por cierto) y celebro con todas mis ganas este nuevo milagro de tu cumpleaños. Disfrutalo en grande papi. Y ¡sapo verde tu yu!

24 mayo, 2010

¿Y qué voy a hacer ahora? - Por Arturo Pérez-Reverte

El segundo gintonic, Pencho se vuelve hacia mí. Hace quince minutos que aguardo, paciente, esperando que se decida a contármelo. Por fin hace sonar el hielo en el vaso, me mira un instante a los ojos y aparta la mirada, avergonzado. «Hoy he cerrado la empresa», dice al fin. Después se calla un instante, bebe un trago largo y sonríe a medias con una amargura que no le había visto nunca. «Acabo de echar a la calle a cinco personas.»

Puede ahorrarme los antecedentes. Nos conocemos hace mucho tiempo y estoy al corriente de su historia, parecida a tantas: empresa activa y rentable, asfixiada en los últimos años por la crisis internacional, el desconcierto económico español, el cinismo y la incompetencia de un Gobierno sin rumbo ni pudor, el pesebrismo de unos sindicatos sobornados, la parálisis intelectual de una oposición corrupta y torpe, la desvergüenza de una clase política insolidaria e insaciable. Pencho ha estado peleando hasta el final, pero está solo. Por todas partes le deben dinero. Dicen: «No te voy a pagar, no puedo, lo siento», y punto. Nada que hacer. Los bancos no sueltan ni un euro más. Las deudas se lo comen vivo; y él también, como consecuencia, debe a todo el mundo. «Debo hasta callarme», ironiza. Todo al carajo. Lleva un año pagando a los empleados con sus ahorros personales. No puede más.

Cinco tragos después, con el tercer gintonic en las manos, Pencho reúne arrestos para referirme la escena. «Fueron entrando uno por uno -cuenta-. La secretaria, el contable y los otros. Y yo allí, sentado detrás de la mesa, y mi abogado en el sofá, echando una mano cuando era necesario... Se me pegaba la camisa a la espalda contra el asiento, oye. Del sudor. De la vergüenza... Lo siento mucho, les iba diciendo, pero ya conoce usted la situación. Hasta aquí hemos llegado, y la empresa cierra.»

Lo peor, añade mi amigo, no fueron las lágrimas de la secretaria, ni el desconcierto del contable. Lo peor fue cuando llegó el turno de Pablo, encargado del almacén. Pablo -yo mismo lo conozco bien- es un gigantón de manos grandes y rostro honrado, que durante veintisiete años trabajó en la empresa de mi amigo con una dedicación y una constancia ejemplares. Pablo era el clásico hombre capaz y diligente que lo mismo cargaba cajas que hacía de chófer, se ocupaba de cambiar una bombilla fundida, atender el correo y el teléfono o ayudar a los compañeros. «Buena persona y leal como un doberman -confirma Pencho-. Y con esa misma lealtad me miraba a los ojos esta mañana, mientras yo le explicaba cómo están las cosas. Escuchó sin despegar los labios, asintiendo de vez en cuando. Como dándome la razón en todo. Sabiendo, como sabe, que se va al paro con cincuenta y siete años, y que a esa edad es muy probable que ya no vuelva a encontrar jamás un trabajo en esta mierda de país en el que vivimos... ¿Y sabes qué me dijo cuando acabé de leerle la sentencia? ¿Sabes su único comentario, mientras me miraba con esos ojos leales suyos?» Respondo que no. Que no lo sé, y que malditas las ganas que tengo de saberlo. Pero Pencho, al que de nuevo le tintinea el hielo del gintonic en los dientes, me agarra por la manga de la chaqueta, como si pretendiera evitar que me largue antes de haberlo escuchado todo. Así que lo miro a la cara, esperando. Resignado. Entonces mi amigo cierra un momento los ojos, como si de ese modo pudiera ver mejor el rostro de su empleado. Aunque, pienso luego, quizá lo que ocurre es que intenta borrar la imagen del rostro que tiene impresa en ellos. Cualquiera sabe.

«¿Y qué voy a hacer ahora, don Fulgencio?... Eso es exactamente lo que me dijo. Sin indignación, ni énfasis, ni reproche, ni nada. Me miró a los ojos con su cara de tipo honrado y me preguntó eso. Qué iba a hacer ahora. Como si lo meditara en voz alta, con buena voluntad. Como si de pronto se encontrara en un lugar extraño, que lo dejaba desvalido. Algo que nunca previó. Una situación para la que no estaba preparado, en la que durante estos veintisiete años no pensó nunca.»

«¿Y qué le respondiste?», pregunto. Pencho deja el vaso vacío sobre la mesa y se lo queda mirando, cabizbajo. «Me eché a llorar como un idiota -responde-. Por él, por mí, por esta trampa en la que nos ha metido esa estúpida pandilla de incompetentes y embusteros, con sus brotes verdes y sus recuperaciones inminentes que siempre están a punto de ocurrir y que nunca ocurren. ¿Y sabes lo peor?... Que el pobre tipo estaba allí, delante de mí, y aún decía: No se lo tome así, don Fulgencio, ya me las arreglaré. Y me consolaba.»

(Tomado de http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/537/que-voy-a-hacer-ahora/)

11 mayo, 2010

Regreso...

Y de repente un día te pasa algo y dejás de escribir. Pluf. Se fue la musa, o estás en otras y te da más por leer a los demás buscando pistas de tu falta de letras o simplemente dejando que fluyan las ajenas en tus sienes. A veces te pasa algo bueno, a veces algo pésimo. Otras veces no te pasa nada, solo que el tiempo fluye en cámara lenta o extra rápida, y tu blog sigue ahí como una copa sin beber entera, tu libro sigue ahí, esperando el sonido del teclado entre tus yemas para seguir creciendo, tus fotos siguen ahí, con ganas de un delineado suavecito de pincel virtual. Y vos seguís ahí. Entre las sábanas. Porque es mayo, y aunque es mayo afuera llueve. Y hace frío. Mucho. Y la manta está caliente, con su olor pegado a ella, por eso cuando se va te cambiás a su almohada aún tibia de su mejilla, para seguirlo oliendo un rato, en el que además te volvés a dormir, volvés a soñar y el libro, el blog y las fotos siguen esperando mientras vos seguís durmiendo, las gotas golpean la ventana, suena el despertador pero vos te hacés la dormida, hoy no me levanto, hoy me gusta esta cama, dejame terminar al menos este último sueño...