Vértigo

Afuera el ruido de una ciudad por cuyas calles transitan buses de colores fosforescentes y por cuyas aceras caminan personas de pieles oscuras. Calor que llena el aire y mis pulmones, la música electrónica aturde mis oídos y me aliena, me alimenta, me llena. Es casi una droga que no puedo evadir, como ese beso que un segundo antes ya no se detiene.
Pienso en Africa, en Costa Rica, en Argelia, en Latinoamérica, en España. Pienso en vino, en incienso, en candelas y en silencio, en soledad, en estar conmigo y con nadie más pero al mismo tiempo con todo el mundo. Y pienso en Ivannia en medio de todo el mundo y aún así también en su soledad. Pienso en ella. Vive en un lugar desconocido, vive en su casa hace 23 años y no la conoce del todo. Quedan miles de rincones oscuros y pequeños que solo el tiempo la dejará descubrir. Quiere estar en en mil lugares del mundo al mismo tiempo, probar todas las comidas, vivir todas las aventuras, nadar en todos los mares y escalar todas las montañas. Pero aún está lejos y por más que queramos, nunca podremos dar más de un paso a la vez. A menos que saltes, pero no podés saltar toda la vida.
El vértigo se desplaza por las venas y una invasión de libélulas presurosas llena la sangre, recorre cada espacio y el alma se marea. Vértigo. Vértigo. Vértigo. Quizá la mejor sensación del mundo. El vértigo cuando te envuelve el humo aromático del sándalo, el vértigo cuando tenés su mano atada a la tuya, fundiéndose. Vértigo cuando tus pies están en el borde del puente, aterrorizados, repletas las manos de pánico, el río abajo con el agua que cada segundo es diferente, tus rodillas temblando de miedo y aún así, con todo y esto, las ganas de saltar. De tirarte al vacío, de perderte en medio del viento que mueve la cuerda. Deseo. Deseo. Deseo. Deseo de sentirte libre aún atada, porque quizá la libertad absoluta te haga encontrar la muerte en el fondo del río o en la dureza de la roca que a 15 metros te espera bajo tu cabeza. Deseo de no sentir nada y sentirlo todo en seis segundos que se convierten en la vida entera mientras duran. Deseo y vértigo. La combinación surrealista, el momento del encuentro y la derrota, de la pérdida y el olvido. Todo se mueve mientras la quietud está solamente fuera de vos. Se asemeja al vértigo de la música, que te envuelve y sin que lo querás te hace sentir ganas de moverte. ¿pero quién dijo que la lluvia se debe pintar de azul en los dibujos? Quizá la lluvia no es azul, ni verde, ni rosa. Quizá la lluvia no tiene color como no lo tenemos nosotros. Pero le tememos al vértigo y limitamos al deseo y por eso es que tenemos que inventar colores que no poseemos y pintar con ellos los buses y los recuerdos, más no la vida. Y deseo aún más. Deseo pintar la vida de colores que crezcan en mis pastos, que estén en lo profundo de mis océanos, que persigan a todos mis escarabajos y a mis mariposas y que se confundan de tal forma que al final las figuras no se reconozcan pero aún así puedan danzar juntas.
El vértigo de tocar el cielo con las manos y con los labios, de estar en el avión en medio de las nubes y pensar que las verdaderas nubes están abajo, esperando abrazarte en un aeropuerto que se erije entre lágrimas y sonrisas, que se divide entre el norte y el sur de las emociones humanas y divinas, entre lo sublime y lo ridículo que siempre estará presidiendolo todo. Y yo en medio de la nada, con el horizonte extendiéndose lejos, tan grande que no se ve la línea q separa la tierra del cielo y no se distinguen las frangancias entre tanta brisa mensajera de aromas provenientes de todas partes. Pero un día las voy a distinguir y las haré parte de mí, las inyectaré en mis poros y sudaré el olor de la tierra que se hunde bajo mis pisadas, dejaré huellas con textura de agua y arcilla y el humus que se forme con los desperdicios hará germinar nuevos átomos y moléculas que bailen al ritmo de la naturaleza y del sonido del alrededor.
Ese día la ficción y la realidad serán lo mismo –si es que no lo son ya- y la utopía se romperá porque llegaré al lugar donde siempre estuvo esperándome. Y al llegar no veré nada más que el camino que quedó atrás y estaré de pie en el sueño y el anhelo esperando que se transformen ambos en un horizonte nuevo hacia el cual tenga que plasmar un camino de nuevas huellas y así por siempre y mientras dure el espíritu, y así por siempre mientras la sangre del alma no se apague y el vértigo y el deseo no se pierdan. Porque se perderá casi todo. Los horizontes se verán cada vez más lejanos. Las huellas ya no serán claras sino que serán rastros de pies que se arrastran junto a manos que los ayudan. Se perderá casi todo. Pero vivirá lo esencial mientras exista un horizonte al cual llegar y un anhelo de vértigo que sea más fuerte que el miedo al vacío.


21 de mayo de 2003, Ciudad de Panamá

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