Invierno... dejame conducir con la ventana abierta
Se acabó, llegué a mi límite... o más bien, al límite de mi límite, porque el primero ya lo sobrepasé hace tiempo. Atrás quedaron los vídeos de las primeras tormentas de granizo, con mi cara feliz saludando a un amigo a través de la cámara, contándole lo divertido de ver todo el jardín blanco y helado. Atrás el fashion look invernal de que super loca y super divina estoy, oh x favor, con estos guantes morados y este abrigo negro. Atrás las ganas de tirarme en el sofá bien acompañada, con un chocolate caliente, una peli y el calor de mis enanos y de la chimenea. Muy bonito todo, para un día, o para dos, o para un fin de semana romántico en la montaña. Pero no para semanas, meses, de no sentir un rayo de sol quemándome el escote, de no verme los brazos... las piernas. De no recordar la imagen de mis dedos de los pies, al menos sin el agua hirviendo que la distorsiona en la ducha, el único lugar donde al cerrar los ojos puedo engañarme por un instante. La carne, la humana eso sí, es la carne. Y es preciosa. Y me hace falta vérmela. Y verla. Pero vivimos durante el invierno cubiertos de ropa, y cuando me miro en el espejo, desnuda, y con la grisácea luz de estas mañanas sin sol, o de estas noches de tantas horas, me siento horrible, tan tétricamente pálida... Mi adorado Tim Burton podría hacer un personaje a partir de esta imagen. Invierno, ya no puedo más con vos. Lo intenté, fuí positiva, intenté adaptarme, me hice la fuerte y hasta fingí que me gustabas. Pero ya no te soporto. Quiero verte piel, para poder quererte. La mía y la ajena. Quiero mis pies jugando en la arena, anhelo el calor abrazándome toda, ponerme una enagua, una camiseta sin mangas, salir al jardín a tomar algo, dar un paseo sin un abrigo encima, conducir con la ventana abierta... Ya no puedo con el frío (y eso, que ya me puedo dar con un cubito de hielo en el pecho, porque aquí todo muy gris y muy húmedo y muy ventoso, pero frío, bastante menos que en otros sitios). Alguien me dijo cuando llegué a España, que contrario a lo que muchos latinoamericanos pensamos, en invierno se hace menos el amor. Al principio lo dudé. Pero ahora pienso que ¿Y cómo no? Es que hoy se lo dije a él... ¿cuán sexy puede ser andar en buzo por la casa, con medias gruesas y sudadera? ¿Cuántas ganas pueden dar cuando no has sentido su cuerpo en todo el día, como en verano, cuando cualquier abrazo, cualquier caricia, es una invitación para el deseo? Y lo de la sudadera, a pesar de los 400 euros que pagamos de gas, porque a mí se me acaban hasta los principios ecológicos y mantengo la casa a suficientes grados como para que sea un pequeño oasis en medio del temporal. El caso es que se me van hasta las ganas de la gente. No siento el deseo de abrazar a mis amigos, con tanta ropa encima, sientiendo en lugar de sus cuerpos, el desagradable tacto de la lana. Al menos quedan las manos... que me recuerdan, al igual que las narices, que debajo de todo ese equipo antiráfagas habemos seres humanos.
Invierno, andate ya, dejame quemarme los labios con el sol,
andate ya y dejame conducir con la ventana abierta...
Invierno, andate ya, dejame quemarme los labios con el sol,
andate ya y dejame conducir con la ventana abierta...
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Beso