Circo

Desayuno, sentada en el sofá, con la infusión a un lado y el periódico al otro, y entre noticias de Obama, la Xunta y una casa llena de insectos, un anuncio, como la gran cosa, del "circo Roma", con "elefantes gigantes, leones del senegal, dromedarios y el simpático hipopótamo Pipo", entre otros animales salvajes que componen su principal atracción. Se me revuelven las tripas. Agradezco no estar comiendo nada y estar tomando manzanilla. Es abril del 2009, ya llevamos un ratito caminado en el siglo XXI y los circos con animales siguen viajando por los pueblos, "haciendo sonreír a los niños" a costa del maltrato de unos animales que pertenecen a otros sitios, a otros mundos. Nunca a ese.

Hace años tuve la oportunidad de realizar un reportaje gráfico sobre uno de estos circos ambulantes. Casi vomitaba, debido a una mezcla interior de impotencia, ira y tristeza. Y decepción, con los seres humanos, claro. Dos tigres de Bengala pasaban su vida en una jaula donde apenas podían estar de pie, su único paseo diario era sobre la pista, al actuar con el domador, semejante creación de la naturaleza limitada a la patética misión de levantarse en dos patas a punta de latigazo. Mi gato de 3 kilos jamás me permitiría semejante humillación. Un perro en un piso pasea más que esos tigres. Luego estaba el elefante. Enorme, sereno, como todos los elefantes. Con la mirada de animal herido, resignado a su suerte. No sé si los elefantes sueñan, pero es posible que ese soñara con un mundo lejos de la manada infantil que gritaba a su alrededor, de los flashes de las cámaras de los papás, de la carpa de nylon hirviendo que rozaba su cabeza. Estaba atado por una de sus patas traseras a una cadena de menos de un metro, pegada a un pequeño poste metálico. La cadena era simbólica, más bien ridícula. Él podría haberla roto sin apenas hacer esfuerzo, pero ¿para qué? Tenía las patas atrofiadas, dijo el domador, por no caminar nunca. La piel agrietada, pero no con las grietas producidas por el sol africano, sino por el maltrato, las jaulas, la carpa...

Ahora pienso en el "simpático hipopótamo Pipo", vendido, como la mayoría de estos animales, en el mercado negro, tras ser robado de su familia, de su hábitat. El tráfico de animales es uno de los negocios que más millones mueven en el mundo, mayor aún que el de personas y con cifras similares al de drogas y al de armas. Así se explica que puedan ser parte de un circo los "leones del Senegal", animal considerado en peligro en toda África. ¿Es que no se va a acabar nunca esto? ¿Por qué las leyes de maltrato animal consideran delito enjaular o atar a un perro, pero permiten estos circos en sus ciudades? Una de las acepciones de circo en la RAE, aparte del repugnante espectáculo, es "Confusión, desorden, caos." Nunca mejor dicho.

Que se me tache como se quiera. No fui abducida por extraterrestres ultra ecologistas, ni mis papás me dieron una educación de hippies naturalistas sin remedio. Lo digo porque me cansa que a quienes defendemos los derechos de los animales se nos trate como unos locos, cuando el repudio por el maltrato de otro ser vivo, peor aún por mera diversión, debería ser un asunto de sentido común. Aborrezco los circos con animales desde que soy una niña y mis hijos verán a los animales salvajes en su hábitat o en Discovery Channel, porque seré una malísima madre que los privará de los circos y de los zoológicos. Voy a prepararme otra manzanilla, a ver si digiero mejor ese anuncio circense que si no me arruinó el desayuno, me lo agrió bastante.

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