Fiebre

Pero no la de sábado por la noche. Fiebre dolorosa y preocupante, no la propia, sino la de alguien a quien amas. No soporto la enfermedad y no le encuentro sentido. Tras años viendo como se ha ido comiendo poco a poco a papi, lejos de encontrarle una razón de ser, o una misión que cumplir, he aprendido a detestarla. A la suya y a todas las demás. A las propias, a las de mis hijos-mascotas, a las de la gente que quiero. E incluso a las de quienes no conozco.

"La enfermedad te hace más fuerte". "La enfermedad une a las personas, a las familias". "La enfermedad viene por algo, como todo". "La enfermedad te enseña". Pues yo, o pierdo todo impulso filosófico con el tema o no he sabido ver en ese tipo de desgracia lo que otros son capaces de asumir como un beneficio. Yo solo encuentro daños colaterales. Y no lo digo desde la rabia o la ansiedad, lo he meditado profundamente muchas veces, en períodos de absoluta aura zen y en otros de cuestionamientos implacables. Pero mi conclusión siempre es la misma: la enfermedad me ha enseñado mucho sí, pero pude haber vivido sin ese aprendizaje.

Durante cuatro años la viví muy de cerca siendo voluntaria en un hospital, con pacientes terminales de SIDA. Lo dejé cuando perdí al que se convirtió en un amigo íntimo desde aquella cama manchada por las llagas, lo dejé cuando el dolor pudo más. No me averguenza decirlo: a veces es así, el dolor puede más. Eso no me hace menos fuerte. Pero me hace tan sensible. Tanto que tuve que dejarlo. Pero no lo dejé por la muerte, lo dejé por la enfermedad. Experiencias de un tipo y otro me han permitido conocer que mi yo interior soporta mejor la muerte que la enfermedad. A esta segunda la odio. Me duele su existencia. La muerte es un libro que se cierra, pero la enfermedad es uno que se pudre y enmohece. ¡Cuánta fragilidad en todo lo que somos los seres vivos! No voy de existencialista por la vida, sino todo lo contrario. Pero mi optimismo natural tiene una barrera que me saca las lágrimas y me hace desear que no existiera la fiebre. Ni los males. Ni la peste.

Esta noche la fiebre calienta la estancia y los párpados, que no pueden cerrarse por la preocupación. Por eso escribo entonces, para exorcizar a ese demonio que me perturba cuando aparece.

Comentarios

nancyboom dijo…
Espero que estén bien. Un beso

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