Thomas......

Thomas está construyendo su casa, a poquitos, porque los bancos no hacen préstamos, así que calcula que en unos siete u ocho años la terminará. Mientras tanto, le paga a alguien para que le haga una ventana, cuando tiene plata para una ventana; para una pared, cuando tiene plata para una pared; para una puerta, para un pedazo del piso, para un metro de techo... cuando tiene plata para eso. Va poco a poco, mientras vive en una casa con otras familias: comparte cocina y baño, pero para él, su esposa y sus hijos tiene dos habitaciones y una sala pequeñita, donde ve pelis de terror en las noches cuando ellos ya se han acostado.Vivió con nosotros nueve días, llevándonos de un sitio a otro de Tanzania, conduciendo durante horas su jeep de los setentas tuneado para aguantarlo todo, un 4x4 de este año no sobreviviría a tales tratos. Me hizo sentir en casa. Me explicó que los leopardos hembra abandonan a sus cachorritos apenas les han enseñado lo indispensable para vivir, y que si son más de uno, los deja bien lejos a cada uno para que no se encuentren y puedan sobrevivir solos. También me enseñó las enormes tetas de las elefantas, como las de las mujeres, dos en el pecho, de donde los elefantitos maman mientras caminan tras la manada. Y también se dio cuenta de mi pasión por los Baobabs, y me llevó a conocer el más grande de todos, el más viejo, el más especial.Thomas gana 200 dólares al mes, que le tienen que alcanzar para mantener a sus hijos, a su sobrino y a sus papás, que viven cerca del Lago Victoria, donde el nació, en una tribu que habla una lengua que casi nadie conoce. Su piel es negra y brillante, preciosa, perfecta, me hace sentir pálida, frágil y desteñida a su lado. Y eso que el sol tanzano me dejó morenita, dejando atrás la transparencia de una piel con dos años y medio de vivir bajo el tenue sol de Galicia.Thomas tiene problemas, como todos nosotros, como todas nosotras. Tiene deudas que pagar, una casa por construir, unos hijos a los que educar aunque a veces no los vea por muchos días, por estar enseñándole las bellezas de su país a turistas como yo... Trabaja 12 horas -o más- diarias, 7 días a la semana, pero no se queja. Le gusta. Ama su trabajo. Para él vale la pena.Tras nueve días con alguien tan sencillo, tan alegre, tan sabio, tan... Feliz... tras estar día y parte de la noche, desde que sale el sol hasta que se acuesta, con ese desconocido que se convierte no sabés cómo en un confidente, en un amigo, a quien le pedís que te enseñe palabras en swahili, que te cuente leyendas de su gente, a quien le decís que por favor pare el jeep en medio del Serengueti porque te estás mega orinando y no podés aguantar cuatro horas a llegar al baño más cercano... Tras todo eso, es imposible evitar que el día que lo dejás te inunden las lágrimas los ojitos , que al día siguiente lo extrañés, a él y a su sonrisa sincera y cariñosa de las mañanas, a su buenas noches, a su paciencia con un par de enamorados de luna de miel que no saben nada del mundo real, que no saben nada de la sobrevivencia, que no saben nada del mundo de quien los acompaña durante días en una expedición por parques nacionales y senderos; por caminos de tierra y de hipopótamos; por llanuras de hienas y silencios. Un día te vas, cogés un avión, decís adiós y ya no hay más. No sabés si lo volverás a ver, si llorarás un día su muerte cuando soñés con ella aunque no sea cierta, cuando extrañés su alegría, sus explicaciones tiernas y pacientes, cuando tratés de ver el mundo con el asombro de sus ojos.Thomas fue nuestro amigo, nuestro hermano, por unos días. No solo fue un guía en el safari, sino un guía para la vida. Y le dije adiós, como a tantos otros en tantos países. Y lloré por él en una despedida en el aeropuerto de Arusha, como por tantas otras en otros aeropuertos. Y lo recuerdo, porque me enseñó de la vida africana, de esa que tanto amo, y de la vida humana, esa de la que tanto recelo. Thomas es fuerte, valiente, tiene vista de águila, ama a su familia y es feliz con lo poco material, pero lo mucho espiritual que tiene. No sabe de crisis económica mun dial, ni de la desconfianza de los bancos, ni compra ropa para su esposa en Zara. Pero tampoco sabe de hipotecas a 40 años, ni de contratos temporales, ni de depresión postvacacional. Por eso Thomas quizá no haga propósitos de año nuevo como yo. Quizá no se prometa hacer ejercicio todos los días, o decirle a la gente querida que la ama, o comer menos dulces. Porque quizá para Thomas el primer día del 2009 entrará en su vida como un día más, de esos en los que celebra la vida sin pensar en el calendario, y quizá algún turista afortunado como nosotros sea capaz de disfrutarlo, aunque sea un poco."Ya no sé de donde soy, de tanto decir adiós..."

Comentarios

nancyboom dijo…
Me dejaste llorosa frente al monitor. Quisiera ser viento y secarte las mejillas. Que duro esto de ser carne, hueso, grasa... Que duro el tiempo que nos hace menos ingenuas.
Que duro repasar la lista de propósitos y percatarse de la inutilidad....

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