Frente al mar

De repente todo es azul. Pasan siete minutos de las diez de la noche y aún la luz lejana del sol ilumina el fondo de las nubes. Las tiñe de azul. Se confunden con el mar, obtuso, inmenso, sereno desde la lejanía y con los ojos, pero violento a los oídos atentos que lo buscan en mitad de la madrugada.

La música le llena las manos... con guitarras posadas a la espera de que acaricien esas cuerdas deseosas de cantos. Y los míos. Mis deseos digo. De sus cantos. En sus manos. De su voz, con el mar, con la mía.

Las palabras llenan mis dedos. Como es usual, talvez como era. Como debería serlo cada día, como no lo ha sido en meses. Pero hoy está el mar. Azul. Soberbio. Vigoroso. Y herido. También herido. Y me llama desde donde está, grita mi nombre y me invoca que escriba. Promete acompañarme en los minutos que necesite para regalarme un libro que aunque no cambie el mundo quizá lo averguence.

Azul y negro. Luces entre las nubes, mi primer texto, después de tanto tiempo. Gracias al mar, a esa inmensidad que me faltaba, a ese aire de salitre y peces que mis pulmones y mis sueños exigen para ser. Para empezar, para seguir, para no acabar. Primero de mayo. Hace frío. No debería. Pero hace. Pero está el mar. Y está él. Al otro lado de una casa con vistas a un horizonte de azules aguas y dramáticas tormentas atlánticas. Las que llevan a mi casa, aquella de la cual vengo, la que me extraña y la que lloro a solas. Las aguas que hoy bañan mi casa, esta, porque tengo dos y las dos son dueñas de mis pensamientos y de mis sensaciones. Ellas y todo lo que significan, lo que llevan dentro, en mis recuerdos, lo que son hoy, en mis antojos y en mis impaciencias.

Anoche ardió la chimenea y ese fuego purificador y curativo provocó un sueño leve que me trasladó a los recónditos mundos interiores que no siempre escucho pero que siempre busco. Y me inundaron. Me dejaron colma de futuros. El océano que se extiende frente a mí ha desaparecido de mis pupilas, pero sigue ahí. Lo sé. Me gusta.

Cae la noche, en la Galicia profunda, en la Ivannia profunda, en la que está despertando de una pesadilla de papeles y laberintos patéticos que no han dejado que su alma respire todos los segundos de la forma serena y exuberante con que lo hace ahora. De la forma en que le gusta. Porque está el mar. Y porque está él abajo, esperando mi beso en una sala de techo rojo, porque es él la causa de todo, de lo perfecto y de lo turbador. Es este nuestro momento. Uno más de esos momentos que nos acompañan. De esos momentos que nos persiguen y que amamos. O no.

Y este instante que durará lo que dura un suspiro: la eternidad, nos acompaña el mar. Y tanta fuerza al lado no será en vano. Ahora somos más fuertes. Más azules.

Mayo 1, 2007 (Valcobo, Arteixo, La Coruña, Galicia...)

Comentarios

Alejandro dijo…
desde el mar te observo,
mientras de dolor te mueres.
Desde el mar te tiemblo,
desde el mar te calmo,
rompiendo olas en tu escritorio
te canto,
enjuagando de espumas tus atardeceres.

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