Elefantes y Baobabs

Creo que las personas que estamos locas por los Baobabs (así en mayúscula, que es como se merece ser escrito el nombre de tan peculiares y prodigiosos entes) , en la mayoría de los casos tenemos un origen común para ese sentimiento: las fantástica historia que Antoine de Saint-Exupéry nos cuenta en El Principito. Es curioso, considerando que en ese mágico libro estos árboles son más una mala hierba que otra cosa, pero la fascinación que producen es tan enorme, que muchos terminamos con esas ganas inmensas de tener alguno real frente a nuestros ojos alguna vez.

Según la leyenda que brota de boca en boca desde hace siglos en Tanzania, lo que Dios colocó en medio del Jardín del Edén como árbol del conocimiento no era un manzano, sino un Baobab. Y cuando a la famosa parejita se le ocurrió comerse uno de sus frutos, Dios se enojó tanto que volvió el árbol al revés y le dejó las raíces por fuera. Y es que es tal cual: parece un árbol al revés. Por otra parte, parece que ese Dios de la leyenda tanzana fue bastante menos tosco que el cristiano, que en lugar de volver el árbol al revés y castigar así la desobediencia, mandó con solo lo puesto - o sea, nada- a esos dos desventurados fuera de la agradable vida en el jardincito. Así que ahí se quedó el primer Baobab, de cabeza, pero al menos no tan solito como el manzano...

En todo caso, como por dentro son huecos, dicen también que en cada uno de ellos habita un espíritu y que las brujas los utilizan para realizar conjuros y aquelarres... Aunque eso sea quizá de noche, cuando los viajeros no merodeamos a su alrededor y las cámaras dejan de inmortalizarlos. Durante el día, además, aparte de nuestra compañía disfrutan de la de los elefantes, que encuentran en ellos sombra, diversión y... alimento. Sus troncos están desgastados a punta de mordiscos de elefante, que devoran su corteza con entusiasmo. Vaya uno a saber si la parejita del Edén en lugar de comerse el fruto, no se habrá comido más bien un pedacito de corteza, si es que tan buena está...

Y los elefantes, también fantásticas criaturas, son el complemento perfecto para un bosque de Baobabs. Estoy convencida de que el rey de la selva debería ser el elefante y no el león. Es un animal enorme, fuerte, prácticamente sin depredadores, que vive en familias unidas y además en manadas, con una organización social que ya quisiéramos tener nosotros los humanos. Pero a pesar de esa fuerza que proyectan, no hay nada de violencia en su mirada, ni en su caminar, sino que inspiran respeto, pero también cariño, ternura, ganas infinitas de tocarlos, o de conversar con ellos. Tienen un aire de magia, una forma de hechizarte que es difícil de explicar.

Ver a estos animales inmensos y poderosos, pero dulces y cercanos, en una relación natural y hermosa con otro ser tan semejante pero en el mundo vegetal, es indescriptible. Así los ví en el Tarangire, donde comprobé que por el mundo hay bosques como los de los cuentos de hadas...

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