El 156 años cumpleaños de la locura amarilla
Era agosto, y se supone que en Europa en agosto el verano está en su apogeo y hace mucho calor. Llevaba un backpack de unos 11 kilos donde, entre otras cosas, enredadas yacían camisetas de tirantes o de manga corta, una de manga larga muy ligera de verano y ni una sola sudadera. El recorrido mochilero ya llevaba unos cuántos días y países, con un sol de muerte que no se conoce ni en las playas de Costa Rica. Hasta que llegó a Amsterdam. Pasó la noche en un autobus que llegó a la capital holandesa a las seis de la mañana. Hacía un frío horroroso. La esperanza era que con el paso de las horas -o mejor aún, de los minutos- la situación se calentara un poco. Pero no. En lugar de eso, empezó a caer una lluvia helada y persistente, y por supuesto la mochila no incluía tampoco una sombrilla y menos una capa. Así que la chica se recorrió Amsterdam mojada hasta los huesos, en un día gris en que las gotas formaban pequeñas ondas en las aguas de los oscuros canales, y algunas luces amarillas se dibujaban tenues en las ventanas de los edificios acristalados. Había poca gente en las calles, pero de esos pocos muchos iban en traje y en bicicleta, con enormes paraguas negros que tapaban hasta la suela de los lustrosos zapatos. Los únicos colores de aquel día estaban en las flores de la plaza -no habían tantos tulipanes como su estereotipada mente pensaba que encontraría- y en una estampa preciosa que no tuvo más remedio que fotografiar: en medio de tanto azul petróleo y gris en el paisaje, de repente apareció, como un espejismo o un sueño, un hombre silbando una melodía alegre, iba sonriente, con la correa que terminaba en su perro golden en una mano y un ramo de preciosos, enormes y llamativos girasoles más amarillos que en ningún otro sitio, en la otra. La chica lo detuvo:
-Excuse me, do you mind if I take you a picture?
-Sure, but... why?
-Because you, with your dog and the flowers, are the most beautiful stamp I have seen today... you are extremely colorful and make me feel many happy things on this gray day...
Entonces tomó la foto. (La cámara no era digital, así que habrá que pedirle a la hermana de la chica que la busque en el álbum, la escanee y la envíe para ilustrar esta historia). Se fue de ahí igual de mojada, pero con una sonrisa enorme en los labios y un girasol como una hoguera amarilla en las manos, dándole calor y color al paseo.
El mapa era confuso. Estuvo buscando el museo Van Gogh durante un buen rato. Un poco cansada, decidió sentarse en el banco de un parquecito, quitarse la mochila y estudiar el mapa tranquilamente mientras se comía una barra de chocolate. De repente, un señor mayor, unos 65 años -o incluso más- se acercó a ella, a preguntarle si sabía donde quedaba... el museo Van Gogh. Debidamente informada la otra parte de que estaban buscando lo mismo, decidieron emprender la marcha juntos. Estaba lejos, él también estaba mojado, pero la conversación hizo que se olvidara el frío. Era canadiense, y no podemos mencionar su nombre porque tristemente ella lo olvidó. O quizás no se lo dijo, no hacía falta. Había viajado por muchos lugares del mundo, pero había decidido dejar Europa para el final, "porque era lo más fácil". Al fin, tras un buen rato de caminar, llegaron al museo. Recordaron lo empapados que estaban al entrar y sentir el aire acondicionado. Pero también se olvidó pronto, porque ahí estaban los cuadros de colores, los originales, muchos de ellos pintados en los 69 días en los que Van Gogh pintó sus últimas 70 obras con una velocidad y un desenfreno de antología. El señor canadiense sabía mucho de él, y la cautivó contándole historias de las pinturas, de la vida del artista, durante el tiempo que duró la visita.
Una señora, de estas gringas muy simpáticas que andan viajando por el mundo, le hizo un comentario hermoso, al pasar: "What a beautiful sunflower you are wearing in your backpack... I´m sure the Van Gogh`s spirit will remain in it". Seguramente pensó que la chica era la fan número uno del pintor y que por eso cargaba, decorando la mochila, un enorme girasol. Y no era momento para explicarle que la historia era aún más bonita que su suposición.
Salieron del museo, se tomaron un café, ambos sonreían... y ella decidió que era hora de irse. Pensaba estar en Amsterdam al menos dos días, pero el frío pudo con sus ganas y la lanzó a otros rumbos. Sabía que era posible que el día siguiente fuera igual de pálido, pero sin la magia de las experiencias de este, así que miró la hora de salida del próximo bus a su siguiente destino, le quedaba poco tiempo para cogerlo, abrazó al viejo, se desearon suerte y sin pedirse ni un email de contacto, por la prisa, corrió a tomar un taxi... que la dejó comiendo melocotones el resto del viaje.
Van Gogh cumpliría mañana 156 años. Murió joven, loco, sin un pedazo de oreja y sin saber que luego habría hasta un museo con su nombre... porque en vida vendió un único cuadro. Ojalá su espíritu se haya quedado de verdad en el girasol que el hombre sonriente del perro le dio a la chica. Lo que es indudable, es que se quedó un poco en el señor canadiense que le contó historias, y en ella misma. Después de todo, hace falta un poquito de locura para pintar el cuadro nuestro de cada día.
-Excuse me, do you mind if I take you a picture?
-Sure, but... why?
-Because you, with your dog and the flowers, are the most beautiful stamp I have seen today... you are extremely colorful and make me feel many happy things on this gray day...
Entonces tomó la foto. (La cámara no era digital, así que habrá que pedirle a la hermana de la chica que la busque en el álbum, la escanee y la envíe para ilustrar esta historia). Se fue de ahí igual de mojada, pero con una sonrisa enorme en los labios y un girasol como una hoguera amarilla en las manos, dándole calor y color al paseo.
El mapa era confuso. Estuvo buscando el museo Van Gogh durante un buen rato. Un poco cansada, decidió sentarse en el banco de un parquecito, quitarse la mochila y estudiar el mapa tranquilamente mientras se comía una barra de chocolate. De repente, un señor mayor, unos 65 años -o incluso más- se acercó a ella, a preguntarle si sabía donde quedaba... el museo Van Gogh. Debidamente informada la otra parte de que estaban buscando lo mismo, decidieron emprender la marcha juntos. Estaba lejos, él también estaba mojado, pero la conversación hizo que se olvidara el frío. Era canadiense, y no podemos mencionar su nombre porque tristemente ella lo olvidó. O quizás no se lo dijo, no hacía falta. Había viajado por muchos lugares del mundo, pero había decidido dejar Europa para el final, "porque era lo más fácil". Al fin, tras un buen rato de caminar, llegaron al museo. Recordaron lo empapados que estaban al entrar y sentir el aire acondicionado. Pero también se olvidó pronto, porque ahí estaban los cuadros de colores, los originales, muchos de ellos pintados en los 69 días en los que Van Gogh pintó sus últimas 70 obras con una velocidad y un desenfreno de antología. El señor canadiense sabía mucho de él, y la cautivó contándole historias de las pinturas, de la vida del artista, durante el tiempo que duró la visita.
Una señora, de estas gringas muy simpáticas que andan viajando por el mundo, le hizo un comentario hermoso, al pasar: "What a beautiful sunflower you are wearing in your backpack... I´m sure the Van Gogh`s spirit will remain in it". Seguramente pensó que la chica era la fan número uno del pintor y que por eso cargaba, decorando la mochila, un enorme girasol. Y no era momento para explicarle que la historia era aún más bonita que su suposición.
Salieron del museo, se tomaron un café, ambos sonreían... y ella decidió que era hora de irse. Pensaba estar en Amsterdam al menos dos días, pero el frío pudo con sus ganas y la lanzó a otros rumbos. Sabía que era posible que el día siguiente fuera igual de pálido, pero sin la magia de las experiencias de este, así que miró la hora de salida del próximo bus a su siguiente destino, le quedaba poco tiempo para cogerlo, abrazó al viejo, se desearon suerte y sin pedirse ni un email de contacto, por la prisa, corrió a tomar un taxi... que la dejó comiendo melocotones el resto del viaje.
Van Gogh cumpliría mañana 156 años. Murió joven, loco, sin un pedazo de oreja y sin saber que luego habría hasta un museo con su nombre... porque en vida vendió un único cuadro. Ojalá su espíritu se haya quedado de verdad en el girasol que el hombre sonriente del perro le dio a la chica. Lo que es indudable, es que se quedó un poco en el señor canadiense que le contó historias, y en ella misma. Después de todo, hace falta un poquito de locura para pintar el cuadro nuestro de cada día.
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Tu mamá de los tomates