Flores y piedras... gays
El viernes una experiencia preciosa lleno mi conciencia, al ser testigo y madrina del matrimonio de un amigo de Costa Rica con su novio británico. Era mi primera boda gay, absolutamente internacional además, con invitados de diversos países, y poemas en francés y catalán incluidos. Las luchas sociales de tantos años van generando eventos que ponen los pelos de punta, pero de la emoción, al menos en el caso de muchos y muchas que como yo, creemos que el amor y el deseo, que la familia y las estructuras, no se limitan a la forma física y van más allá del envase en el que nacimos envueltos. El beso entre dos personas del mismo sexo parece un símbolo sencillo, natural y hermoso, hasta que caemos de golpe contra las realidades más añejas, esas que nos recuerdan con un grito agrio que ser homosexual es aún un delito en muchos países (la homosexualidad masculina, que la femenina ni siquiera se contempla como delito, porque no existe, no es, no debe); en que la iglesia católica ha rechazado en las Naciones Unidas la despenalización de la homosexualidad, en que hay quienes se oponen a que "ellos" tengan hijos "porque los niños necesitan un padre y una madre". Como si todos los niños tuvieran un padre y una madre, como si los que no los tienen fueran penosos engendros difusores de la mala educación y la antiética.
La situación fue de júbilo e instrospección al mismo tiempo, y me sentí dichosa al contemplar que aunque a veces pierdo la fe en la humanidad, hay sendas en las que se avanza, y me la devuelven; elementos y búsquedas en los que se evoluciona en modo tardo pero inalterable, con una meta tangible que los colectivos tradicionalmente más vulnerables en los ámbitos cultural y social, como las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes o las personas con discapacidad, podemos al fin tocar con las puntas de los dedos: eso tan abstracto que llamamos derechos, y que en la práctica se sintetizan en un deseo irremediablemente humano y trascendente: el de ser amado y poder amar sin fingir y sin temer.
Pero luego mis ojos descubrieron en el periódico una historia muy distinta, la de la vereda pendiente de andar, la de un hombre (¿hombre?) que asesinó con muchas y letales puñaladas a una pareja de homosexuales (hombres) por miedo a ser violado y asesinado por ellos. Y luego, un jurado popular lo deja sin condena porque entiende ese "temor" y su reacción ante él. Un jurado quizá cegado por la homofobia y el miedo a lo que no solo no entiende, sino que no desea entender; turbación, recelo e incapacidad de aproximarse a eso tan desconocido para buscar en ello la comprensión. El jurado entendió la versión del acusado, quizá porque vive lo mismo cada día en sus propias carnes: temen, como el asesino, a los homosexuales. ¿Cuánto tiempo faltará aún para que lo que tocamos con los dedos, los respiremos con nuestro ser entero? ¿Cuánto para que las noticias dejen de recordarnos a los humanos lo anómalos que somos?
La situación fue de júbilo e instrospección al mismo tiempo, y me sentí dichosa al contemplar que aunque a veces pierdo la fe en la humanidad, hay sendas en las que se avanza, y me la devuelven; elementos y búsquedas en los que se evoluciona en modo tardo pero inalterable, con una meta tangible que los colectivos tradicionalmente más vulnerables en los ámbitos cultural y social, como las mujeres, los homosexuales, los inmigrantes o las personas con discapacidad, podemos al fin tocar con las puntas de los dedos: eso tan abstracto que llamamos derechos, y que en la práctica se sintetizan en un deseo irremediablemente humano y trascendente: el de ser amado y poder amar sin fingir y sin temer.
Pero luego mis ojos descubrieron en el periódico una historia muy distinta, la de la vereda pendiente de andar, la de un hombre (¿hombre?) que asesinó con muchas y letales puñaladas a una pareja de homosexuales (hombres) por miedo a ser violado y asesinado por ellos. Y luego, un jurado popular lo deja sin condena porque entiende ese "temor" y su reacción ante él. Un jurado quizá cegado por la homofobia y el miedo a lo que no solo no entiende, sino que no desea entender; turbación, recelo e incapacidad de aproximarse a eso tan desconocido para buscar en ello la comprensión. El jurado entendió la versión del acusado, quizá porque vive lo mismo cada día en sus propias carnes: temen, como el asesino, a los homosexuales. ¿Cuánto tiempo faltará aún para que lo que tocamos con los dedos, los respiremos con nuestro ser entero? ¿Cuánto para que las noticias dejen de recordarnos a los humanos lo anómalos que somos?
Comentarios
Un beso